La llegada de la Navidad marca siempre un momento de pausa. Un tiempo para cerrar el año, reducir el ritmo y mirar con algo más de perspectiva todo lo vivido durante los últimos meses, tanto a nivel personal como familiar.
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Durante el curso escolar, muchas familias hacen todo “lo correcto” para que sus hijos aprendan inglés: academias, refuerzos, actividades extra, incluso cursos intensivos. Sin embargo, al cerrar el año, la sensación suele ser parecida: entienden más, pero siguen sin hablar con soltura.
Esto no ocurre porque el niño o adolescente no tenga capacidad, ni porque el método sea malo. Ocurre porque el contexto no acompaña. Aprender un idioma no depende solo de lo que se enseña, sino de cómo y cuándo se vive.
El verano introduce un cambio profundo en ese contexto, y ahí es donde empieza a marcar la diferencia.
Cuando las familias empiezan a informarse sobre campamentos de inglés, suelen encontrarse con programas muy bien estructurados sobre el papel. Horarios claros, actividades atractivas y un número determinado de horas en inglés al día. Sin embargo, una de las preguntas más importantes rara vez aparece en primer plano: quién está realmente con los niños y adolescentes durante toda la jornada.
Hay una palabra que aparece en casi todas las webs de campamentos de inglés: inmersión.
Se usa tanto que, para muchas familias, ha perdido significado. Todo parece inmersivo a simple vista, pero cuando se rasca un poco surgen las dudas: ¿es realmente una experiencia en inglés o solo un conjunto de actividades con clases añadidas?
Cuando las familias comparan campamentos de inglés, suelen fijarse en el programa, las actividades o el número de horas de idioma. Sin embargo, hay un factor que muchas veces se pasa por alto y que tiene un impacto directo en cómo aprenden niños y adolescentes: el entorno en el que viven la experiencia.
Hay un verano en el que algo cambia. No suele anunciarse y casi nunca coincide con una edad exacta. Simplemente ocurre: el campamento que antes esperaba con ilusión ya no le motiva igual. No lo rechaza de forma abierta, pero tampoco lo elige. Y como familia aparece una duda difícil de verbalizar: querer que viva algo bueno sin obligarle a repetir una experiencia que ya no siente como propia.
Cada verano muchas familias buscan un campamento donde sus hijos puedan mejorar su inglés sin renunciar a disfrutar de actividades al aire libre. La idea de combinar aprendizaje y aventura resulta muy atractiva, pero no siempre está claro qué significa realmente esa combinación ni cómo se vive en el día a día del campamento.
El aprendizaje no siempre ocurre entre paredes. A veces, la mejor clase de inglés tiene lugar en un campo de fútbol, en una playa o en un escenario improvisado. Por eso, los campamentos que combinan deporte, arte y naturaleza no solo enseñan un idioma: despiertan la motivación, la curiosidad y la confianza de los niños.
