Grupo de adolescentes en el campamento internacional the Village posan con su coach

Por qué los adolescentes necesitan un campamento diferente

Hay un verano en el que algo cambia. No suele anunciarse y casi nunca coincide con una edad exacta. Simplemente ocurre: el campamento que antes esperaba con ilusión ya no le motiva igual. No lo rechaza de forma abierta, pero tampoco lo elige. Y como familia aparece una duda difícil de verbalizar: querer que viva algo bueno sin obligarle a repetir una experiencia que ya no siente como propia.

No es una cuestión de actitud ni de falta de interés. Tampoco tiene que ver con que “ya no quiera nada”. Tiene que ver con que está en una etapa distinta, con necesidades distintas, y con una forma muy diferente de relacionarse con el entorno, con los adultos y con su grupo.

Cuando no se entiende esto, muchas decisiones de verano se toman desde la inercia. Y ahí es donde empiezan los errores.

Cuando el formato deja de encajar, aunque el campamento sea bueno

La mayoría de campamentos funcionan razonablemente bien para niños. Están pensados para acompañar, organizar, proponer y guiar. El problema aparece cuando ese mismo modelo se estira más allá de su límite natural y se aplica a adolescentes que ya no se reconocen en él.

A partir de cierta edad, el exceso de dirección se vive como control. Las dinámicas demasiado pautadas dejan de ser estimulantes. Y las actividades, por muy variadas que sean, pierden sentido si no conectan con una mínima sensación de autonomía. El resultado no suele ser un conflicto abierto, sino algo más silencioso: desinterés, apatía o la sensación de estar simplemente “pasando el tiempo”.

Aquí es donde muchas familias se equivocan al pensar que el problema está en la propuesta concreta o en el número de actividades. En realidad, el desencaje es más profundo. No tiene que ver con hacer más cosas, sino con cómo y desde dónde se plantean.

Un adolescente no deja de disfrutar porque el campamento sea malo. Deja de disfrutar cuando siente que ese espacio ya no está pensado para él.

Lo que cambia en la adolescencia no es la edad, es la forma de estar en el mundo

La adolescencia no es solo una transición entre infancia y adultez. Es un momento en el que cambia la manera de percibirse a uno mismo y de relacionarse con los demás. Aparece una necesidad muy fuerte de pertenencia al grupo, de ser escuchado como individuo y de empezar a tomar pequeñas decisiones propias, aunque todavía no siempre sepa gestionarlas del todo.

En este contexto, los entornos excesivamente dirigidos empiezan a generar fricción. No porque el adolescente rechace las normas, sino porque necesita entenderlas y sentir que tienen sentido. La autoridad impuesta sin diálogo deja de funcionar; la que se basa en la coherencia y el respeto, no.

También cambia la relación con el aprendizaje. A estas edades ya no sirve “hacer actividades en inglés” como un añadido. El idioma empieza a tener valor cuando se convierte en una herramienta real para comunicarse, integrarse en el grupo o desenvolverse en situaciones cotidianas. Si no hay una necesidad auténtica de usarlo, se percibe como algo artificial y se desconecta.

Todo esto sucede mientras el adolescente está construyendo su identidad. Por eso, cualquier experiencia que viva en verano tiene un impacto mayor del que parece. No se trata solo de ocupar el tiempo, sino de ofrecer un entorno donde pueda probarse, equivocarse, relacionarse y ganar confianza sin sentirse infantilizado.

Lo que un adolescente busca en verano (aunque no siempre lo sepa explicar)

A diferencia de cuando era más pequeño, un adolescente rara vez expresa con claridad qué espera de un campamento. Sin embargo, suele ser bastante evidente lo que no quiere: sentirse tratado como un niño, no tener espacio propio o vivir experiencias que percibe como irrelevantes.

En esta etapa, el verano funciona casi como un laboratorio social. Necesitan contextos donde puedan relacionarse de forma más horizontal, construir vínculos reales con otros jóvenes y sentirse parte de algo sin que todo esté constantemente dirigido desde fuera. La diversión sigue siendo importante, pero ya no es suficiente por sí sola si no va acompañada de sentido.

También aparece una necesidad creciente de independencia. Pequeñas decisiones, responsabilidades compartidas o momentos de libertad controlada ayudan a que el adolescente se implique de verdad en la experiencia. Cuando todo está excesivamente cerrado, la desconexión es casi inmediata.

Por eso, un buen campamento para adolescentes no es el que más promete, sino el que mejor entiende este equilibrio delicado entre acompañar y dejar espacio.

Cinco chicas en el campamento internacional en inglés the Village

uando el inglés deja de ser una actividad y se convierte en parte de la experiencia

En la adolescencia, el idioma ya no se aprende bien por repetición ni por obligación. Aprender inglés empieza a tener sentido cuando deja de percibirse como algo externo y se convierte en una herramienta para relacionarse, para formar parte del grupo y para desenvolverse con naturalidad en situaciones reales.

Por eso, muchos adolescentes desconectan rápidamente de los campamentos donde el inglés se limita a talleres, clases encubiertas o actividades puntuales. No es que no quieran aprender, es que no encuentran una razón auténtica para hacerlo. Si pueden comunicarse en su idioma sin consecuencias, el inglés se vuelve accesorio.

En cambio, cuando el entorno exige usar el idioma de forma cotidiana —para convivir, organizarse, participar o simplemente encajar— el aprendizaje ocurre casi sin darse cuenta. No desde la corrección constante, sino desde la necesidad real de entender y hacerse entender. En ese contexto, el adolescente baja la guardia, pierde el miedo al error y empieza a usar el idioma con más soltura.

Este enfoque conecta muy bien con una etapa en la que la vergüenza, la comparación con el grupo y el temor a equivocarse están muy presentes. Un entorno donde el inglés se vive de forma natural, sin juicio y sin presión académica, suele ser mucho más eficaz que cualquier planteamiento más formal.

Ahí es donde la inmersión real en inglés marca la diferencia. No como promesa, sino como consecuencia lógica de convivir en un espacio donde el idioma forma parte de la experiencia diaria y no de una franja concreta del horario.

No se trata de hacer un campamento “más adulto”, sino uno más coherente

A veces se piensa que adaptar un campamento a adolescentes consiste en endurecerlo o hacerlo más exigente. En realidad, suele ser justo lo contrario. Se trata de hacerlo más coherente con su momento vital, con su necesidad de reconocimiento y con su forma de aprender y relacionarse.

Un campamento pensado para adolescentes entiende que el respeto se construye dando espacio, que la motivación nace de sentirse parte de algo y que el aprendizaje —incluido el del inglés— funciona mejor cuando está integrado en la vida diaria y no impuesto desde fuera.

Por eso, no todos los campamentos sirven para todas las edades. Y no pasa nada. Elegir bien no es encontrar “el mejor” en términos absolutos, sino el que encaja con quién es hoy tu hijo o tu hija, no con quién era hace unos años.

Cuando ese encaje existe, el verano deja de ser simplemente un paréntesis y se convierte en una experiencia que suma, que deja huella y que, muchas veces, marca un antes y un después en su forma de relacionarse con el idioma y consigo mismo.

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